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Análisis: Sunset

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sunsetLa luz anaranjada y muy densa baña los muebles del ático minimalista de Gabriel Ortega, invadido por motas de polvo que revolotean el aire en el único momento del día en que son visibles. Angela Burnes cruza las puertas del ascensor y vuelve a respirar. Como ella misma dice en su monólogo interior, el apartamento de aquel desconocido forrado de pasta es una especie de oasis, el último piso de una torre de Babel alejada de la tensión, la violencia y la certeza de una revolución convulsa que se vive a cada paso por las calles de la república Anchuria. Han pasado unos años desde que Angela se licenció y huyó de aquella Baltimore donde una mujer negra solo puede aspirar a limpiarle el baño a un ejecutivo dos veces por semana, y todo ese esfuerzo solo le ha servido para acabar convertida en una asistenta inmigrante, atrapada en un país bananero donde las libertades son el lujo de muy pocos. La ironía más perversa le aplasta el pecho a diario, pero durante una hora a la semana, en el ático de Ortega, el mundo se detiene y todo es tranquilidad, sofisticación y cultura.

A medida que seguimos encarnando a Angela en su tarea de cumplir los encargos domésticos de su ausente jefe, Sunset se comunica con nosotros a través de la narrativa que emerge del escenario. Un mueble cambiado súbitamente de sitio o un cenicero lleno de colillas pueden decir más de lo que parece sobre la semana que ha pasado el habitante de un hogar, su estado de ánimo o sus preocupaciones más acuciantes. Sunset se encarga de introducir estos cambios, pero sólo cuando se ha asegurado de que conocemos bien la versión anterior del piso, cuando sabe que vamos a advertir cualquier perturbación en el ambiente. La historia va convergiendo y los dos personajes se comunican a través de notas y de la manera en que Angela dispone lo objetos o selecciona colores para la decoración. Podemos avanzar hasta el romance, mantener un tibio equilibrio o contenernos hasta rozar la hostilidad, pero la revolución sigue y el país se sacude como un animal salvaje.

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Un pedazo de metralla amenaza con hacer estallar nuestra burbuja semanal resquebrajando una ventana, haciendo que el sonido de disparos y carreras por las calles de la ciudad entren en tromba por el agujero en el vidrio; la calma y el alivio hacen aguas por unos instantes, como recordándonos que no podemos huir del conflicto aunque cerremos los ojos y nos tapemos los oídos. Y entonces Sunset nos mete de lleno en la partida: Ortega está relacionado con uno de los bandos de esta guerra civil y desde su casa podemos influir directamente en los acontecimientos. La limpiadora es ahora un agente en la sombra, una parte del problema o de su solución. Y como tal, debe tomar decisiones.

Sunset no es un juego preocupado por la diversión, el diseño o las mecánicas: es un vehículo narrativo que busca transportarnos por la línea temporal de su historia, darnos margen para explorar el contexto y los detalles o para ignorarlo todo. Un relato personal e intimista donde la forma y el fondo son equivalentes y donde todo está calculado. Es un juego que habla de la libertad, y sobre todo de la libertad para no ejercitarla.

Jugado en: PC Windows
También en: Mac y Linux
Desarrollado por: Tale of Tales
Nota: 8

8