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Análisis: Aragami

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Al margen de los ninjas, los espías gubernamentales y los infiltrados del futuro, llama la atención que el que está considerado el primer videojuego de sigilo de la historia, Manbiki Shounen (lanzado en 1979), trate sobre algo tan mundano como un adolescente amigo de lo ajeno al que debemos ayudar en su tarea de hurtar productos de una tienda. Es una manera muy japonesa de encarar el nacimiento de un nuevo género que veinte años después se asentaría del todo con el también japonés Metal Gear Solid y el muy nipón Tenchu: Stealth Assassins, dos títulos fundacionales del sigilo moderno que se nutren fuertemente de la cultura del país en que fueron desarrollados. Ahora nos llega Aragami, un juego que también reverencia lo japonés: una historia de ninjas, samuráis, señores feudales y espíritus vengativos pero gestado a 10.000 kilómetros de Tokio, en pleno distrito tecnológico de Barcelona.

Análisis: Aragami

A pesar de la influencia de un gran número de juegos actuales como Dishonored, Mark of the Ninja o Thief, está claro que el espejo más grande en el que se mira Aragami es sin duda Tenchu, la historia del ninja Rikimaru y sus matanzas silenciosas desde los tejados y las esquinas. La ambientación bebe directamente de la imaginería japonesa medieval, pero desde el mismo inicio el juego de Lince Works busca establecer una ruptura y separarse de su referente más grande a base de echarse en brazos de la fantasía y el misticismo. El protagonista es un espíritu vengativo de las sombras invocado por una muchacha presa de un gobernador golpista que tumbó un imperio para llenarlo de sus soldados, y a nosotros nos toca recorrer esas zonas infestadas de samuráis de la luz para ir logrando diversos objetivos. Y digo recorrer porque una de las propuestas que nos hace el juego es tratar de cruzar sus niveles sin matar a nadie, un logro que aumenta nuestra puntuación en la misma proporción que si matamos a todos los enemigos de la zona. Aragami es un juego que premia la entrega total: o eres un fantasma o eres un demonio.

La entrega es de hecho otra cualidad de su diseño: Aragami ignora cualquier coqueteo con otros géneros, incluso el de la acción, y se dota a sí mismo de una pureza en el sigilo que también le sirve para emplazarnos a utilizar poderes y habilidades sobrenaturales como teletransportarnos a través de las áreas ensombrecidas, arrojar trampas que se llevan a los enemigos al inframundo o invocar bestias gigantes que decapitan a quien se les cruce. El proceso de adquisición de capacidades es además muy diáfano y honesto: recopilando pergaminos escondidos por los niveles podemos comprar esos poderes nuevos, y dependemos solo del precio sin que ningún candadito vinculado a nuestro progreso en la aventura nos bloquee su uso por las buenas.

Se echa en falta, quizá, esa dualidad que sí lucía Tenchu: el cambio a una especie de "modo combate" cuando éramos detectados, donde la ventaja del ninja escondido se desvanecía pero seguíamos teniendo alguna posibilidad de surgir victoriosos del enfrentamiento directo. La nula importancia de la espada, que debería ser el alfa y el omega de la ambientación elegida, es quizá lo más irritante de Aragami: haberla convertido solo en un medio, en una herramienta de eliminación sin peso, sin fricción y sin sensaciones es una verdadera lástima que empaña un poco una experiencia por otro lado solvente y sólida.

Jugado en: Playstation 4
Desarrollado por: Lince Works
Nota: 7
Análisis: Aragami

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