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Análisis: Frostpunk

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Frostpunk parece haberse inspirado en ese dicho que reza: Si queréis descubrir el auténtico carácter de alguien, dadle poder. Y si además de poder le planteamos condiciones extremas, recursos escasos y una población hambrienta podremos descubrir hasta qué punto puede aflorar su tiranía. Porqué después de jugar más de 15 horas a Frostpunk me he dado cuenta que el juego no trata únicamente sobre crear nuevas civilizaciones o en cómo gestionar recursos. Frostpunk tiene por encima de todo la misión de descubrir al pequeño tirano que hay escondido en todos y cada uno de nosotros.

Empezamos con un pequeño reducto de población que ha abandonado su hogar en Londres para intentar sobrevivir a la nueva era glacial. Para conseguirlo sólo contamos con un reactor de calor al que debemos alimentar a base de carbón, y una población con la que deberemos construir una nueva sociedad. Para lograrlo necesitaremos madera y acero con los que construir nuevos edificios y comida para alimentar a nuestro pueblo. Se trata de gestionar recursos y distribuirlos sabiamente para vivir un día más. Si la esperanza disminuye y el descontento de la población crece hasta el extremo, acabaremos como otros tantos tiranos, o desterrados en el mejor de los casos, o ahorcados en la plaza del pueblo.

La gestión de recursos es algo conocido y habitual en este tipo de juegos, pero nuestro control del pueblo vendrá a través de otra herramienta principal: el libro de leyes. Con él podremos legalizar la mano de obra infantil, repartir amputaciones como si fueran gominolas o usar los cadáveres de nuestros conciudadanos como fertilizante para los cultivos. Lo que resulta particularmente brillante en Frostupunk es que la escalada hacia decisiones despiadadas siempre es escalonada. Es como si el juego no quisiera descubrir nuestra máscara de tirano desde un primer momento, sino, como sucede en la vida real, todo va subiendo peldaño a peldaño. Cada nueva decisión sólo es un poco más déspota que la anterior, hasta que finalmente nos vemos convertidos en el primo malo de Hitler o un líder sectario.

A pesar de que el juego se mueve en extremos, resulta apasionante ver como se desmenuzan los mecanismos de poder que nos pueden llevar a escenarios donde la libertad y los derechos quedan suprimidos en pos de un supuesto futuro para nuestro pueblo. Y lo hace sin juzgar las decisiones que tomamos para tirar adelante, pero nos exige que asumamos sus consecuencias: revueltas, disturbios y malestar social que aumentan el descontento y hacen disminuir la esperanza. Hay que dejar claro que el juego en ningún momento nos incita a tomar decisiones despóticas, ya que siempre hay una alternativa más razonable pero también menos efectiva para afrontar el implacable frío.

Porque ya os aviso que sobrevivir los primeros días es un reto difícil, pero hacerlo a partir de la segunda semana es una auténtica proeza. Frostpunk es un título difícil y exigente, en el que tendremos que medir y valorar escrupulosamente cada decisión, cada gestión de nuestros escasos recursos y cada nueva ley para no acabar desterrado o colgado. Nadie dijo que ser un tirano fuera algo fácil.

Frostpunk es un juego de gestión original, transgresor y absolutamente brillante, pero también tiene elementos que lo alejan de la excelencia y que sobre todo tienen que ver con un interfaz algo caótica en el que es dificil controlar de forma sencilla los distintos edificios o organizar de forma rápida a los trabajadores. Es un poco caótico y eso repercute muchas veces en nuestra capacidad para gestionar de forma óptima. El rendimiento tampoco es para tirar cohetes, a pesar de ser un juego modesto en su apartado visual, podremos ver algunos tirones, sobre todo al hacer zoom sobre la ciudad, algo que por otro lado no tiene mucha utilidad más allá de tener la sensación de ser un entomólogo contemplando su colonia de hormiguitas.

11bits Studio sigue en el camino que ya empezó con This War of Mine de poner al jugador frente a un oscuro espejo. Sus adictivas mecánicas no sólo sirven para poner en juego una rica comprensión de los ejercicios de poder, si no que también son una buena forma de descubrir nuestro lado más oscuro, aquel que poco a poco es capaz de justificar las decisiones más turbias y las acciones más extremas. Frostpunk es un soplo de aire gélido al género, una especie de SimCity Orwelliano, en el que sus mecánicas y su narrativa se ponen al servicio de una propuesta valiente que no duda en ponernos en serios aprietos con nuestro propio código moral. Y sobre todo nos confirma aquello que decía Tierno Galvan: el poder es como un explosivo, si no se maneja con cuidado... estalla.

Jugado en: PC Windows
Desarrollado por: 11Bit Studios
Nota: 8

8