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Análisis: Kingdom Come Deliverance

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Kingdom Come Deliverance es un videojuego romántico, un ejercicio autoconsciente de contraste. Ya desde su planteamiento, austero y realista, se desmarca del tratamiento predominante del medievo en los videojuegos. Warhorse Studios huye de la fantasía hipertrofiada y reconstruye una Bohemia cruda y descarnada.

No hay dragones ni demás florituras mitológicas, tan solo peste, refriegas palaciegas y un joven muchacho, Henry, que se contrapone por completo al estereotipo de protagonista. Si Kingdom Come Deliverance se distancia de la fantasía medieval, Henry es antagónico para con el héroe de este tipo de relatos. No posee un cuerpo fornido, tampoco una destreza innata empuñando el metal, ni siquiera una personalidad arrolladora. Es un protagonista que, de cero a héroe, a duras penas alcanza valores negativos. A su vez, eso le constituye como el candidato ideal para emprender el clásico viaje del héroe, desde el más humilde origen hasta la gloria infinita.

Premisa y protagonista son dos declaraciones claras de que Kingdom Come Deliverance quiere ser distinto. Su afán por diferenciarse es el causante de sus méritos, pues su perspectiva constituye un soplo de aire fresco para un género que lleva demasiado tiempo abusando de los mismos tropos. En ese sentido, no recuerdo un juego que, con un presupuesto tan limitado en comparación con un triple A, haya representado el medievo con semejante tino. Kingdom Come Deliverance, por fin, nos transporta a la Europa central del siglo XV con un grado de precisión inusitado.

No hay viaje a lomos de un corcel en el que no hallemos perros muertos, personas enfermas y una desigualdad galopante —nunca mejor dicho—. Esa desgracia coexiste con prados verdes, escasos núcleos urbanos y demás paisajes para el recuerdo. Kingdom Come Deliverance trota a varios ritmos, alternando la contemplación bucólica con la inanición. Por una vez en un juego de esta índole, lo que interrumpe el periplo del protagonista no es un sumergido o un lobisome, sino un amplio abanico de enfermedades.

Los obstáculos en Kingdom Come Deliverance, más mundanos de lo habitual, son coherentes con su propuesta. Esa aspiración hiperrealista se concreta en una especial atención a la dieta o la higiene de Henry. Y, como si de la vida estudiantil se tratara, es francamente difícil cuidar la alimentación y ganar algo de dinero. Warhorse Studios ha creado una ludoficción cruenta, que no se apiada del jugador y le condena a un inicio francamente complicado. De este modo, el estudio checo hiperboliza nuestra condición de campesino, reminiscente en cada gota de sangre.

La fijación por la llaneza impregna toda la obra y es, con seguridad, su mayor virtud. Kingdom Come Deliverance renuncia a la exageración fantasiosa, al héroe diestro y a las ostentaciones de las clases pudientes. En su lugar, construye su historia con mimo poniendo el foco en el pueblo, no en la aristocracia. Al contrario que otros títulos, este indie cede el protagonismo a los pequeños detalles. Warhorse Studios sustituye a los grifos devorahombres por diálogos costumbristas con otros campesinos. Cada conversación, cuidada hasta el extremo, explicita el valor artesanal de Kingdom Come Deliverance.

Tras padecer su crueldad inicial y gozar de los pequeños momentos, uno descubre que el título de Warhorse no solo quiere ser diferente, sino que lo consigue con solvencia. Es de agradecer —y de encomiable coherencia— que, en un título de rol pretendidamente realista, solucionar las disputas mediante la palabra sea una opción viable. Gracias a ese tipo de cuestiones, los momentos de épica brillan muchísimo más. Kingdom Come Deliverance entiende que, si todo es especial, nada lo es. Resulta, en suma, un soplo de aire fresco para el RPG.

Pero toda corriente de aire en el medievo arrastra cierto hedor putrefacto. Entre tratar a Henry como un don nadie por su condición social y ser justos debe haber un término medio que Kingdom Come Deliverance no siempre encuentra. Y el primer ejemplo ocurre bien pronto.

Al poco de empezar, debemos conseguir una ganzúa para abrir una caja, pero son demasiado caras como para que un humilde campesino pueda costearlas. De forma muy inteligente, Warhorse Studios nos enseña que su diégesis es dura obligándonos a vender todas nuestras posesiones a cambio de una mera ganzúa. Sin mediar palabra, el estudio checo nos explica cuál es nuestro papel. Empero, que el minijuego para usar dicha herramienta no se explique hasta una hora después es, cuanto menos, frustrante. La ganzúa dura escasos segundos en las manos del protagonista que, como yo, se siente un auténtico inepto. El problema es que el tutorial para usar el cachivache sí se incluye, aunque tras un par de horas de juego. Puestos a incluirlo, el manejo del tempo es nefasto.

Como también lo es el combate en desventaja numérica. De nuevo, es lógico que el uno contra uno sea más satisfactorio y asequible, Henry es tan solo un campesino y bastante hace con empuñar el metal sin que se le caiga. El óbice radica en que las animaciones de las fintas, bloqueos y envites se sienten torpes e imprecisas. Estos movimientos restan peso, tensión y realismo a las lides.

Son detalles como esos los que entorpecen la experiencia. Al menos, mucho más que los NPCs de presencia intermitente, las texturas inconsistentes y las puertas que no se dignan a abrirse. Uno espera ese tipo de errores técnicos en un lanzamiento tan ambicioso, pero el resto de yerros se me antojan como defectos de diseño. Me apenan decisiones como la de posponer un tutorial necesario o apostar por un sistema de guardado demasiado punitivo. Kingdom Come Deliverance ya es duro per se, por lo que no creo que requiera de inmensos recorridos en pos de hallar un punto de guardado automático, una cama o una poción —moneda de guardado—

Pese a que los dos primeros sistemas casan con la dificultad diegética del título, los dos últimos se empeñan en recordarnos que Kingdom Come Deliverance es un videojuego. Y eso, en una propuesta que aspira al máximo grado de realismo y renuncia a la fantasía con convicción, es fatal. El rol es un género que se sustenta sobre la inmersión absoluta. Por ende, según qué errores técnicos y de diseño son una auténtica puñalada para la obra de Warhorse Studios. Por momentos, uno siente que está jugando a una beta ambiciosa cuyo esplendor todavía no ha llegado. Y el parche de 20 GB en el día de lanzamiento refuerza mi percepción.

Kingdom Come Deliverance, por el momento, promete ser más de lo que es. Eso es esperanzador en tanto que su base es muy sólida, pero desolador para el que lo compre de salida. A la paciencia que demanda el progreso de Henry se suma la que hay que tener con el juego hasta que culmine su desarrollo por completo. Eso sí, Warhorse Studios propone algo distinto y refrescante, capaz de proporcionar horas e interés infinito para los acérrimos del rol, sobre todo en el largo plazo.

Dijo Santiago Bernabéu que ser del Atlético pudiendo ser del Real Madrid es como elegir ser pobre pudiendo ser rico. Quizá sea por mi vena culer, pero no estoy de acuerdo. Hay algo mágico en los relatos modestos. Warhorse Studios escogió esa humildad con orgullo y su visión romántica del rol, artesanal y realista, conecta fácilmente con todo aquel que esté harto del mismo medievo de siempre. Kingdom Come Deliverance te noqueará —y mucho, pero siempre hará que quieras levantarte y volver a empuñar la espada. Por el pueblo.