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Análisis: Nuclear Throne

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Tras una señal de “En construcción” se escondía una trampilla y un pasadizo oscuro que terminaba en una gran sala repleta de gente bailando, bebiendo, riendo y disfrutando de una fiesta multitudinaria y llena de color.

El Early Access de Nuclear Throne ha durado dos años y medio y ha sido algo más que ejemplar: ha sido una gala inolvidable, una celebración de un género como el roguelike y un ejercicio de talento y honestidad tan redondo y necesario que ha terminado por convertirse en algo así como una carta de amor (o quizá una balada stoner) a los videojuegos en general.

Nuclear Throne empieza, de hecho, en uno de los escenarios más reivindicables y socialmente sanos: una acampada entre amigos, con hoguera y guitarra. De ese corrillo nocturno elegimos al mutante con el que vamos a tratar de sobrevivir en el yermo postapocalítpico que nos propone el juego y el duo Vlambeer ya nos evoca una de las principales razones por las que su recién lanzado título es imprescindible: la características únicas de cada personaje y, por extensión, su dimensión estratégica.

Crystal es capaz de hacer rebotar ciertos tipos de balas, Robot se come las armas que no vamos a utilizar y las recicla como munición o vida, Chicken puede lanzar su arma principal y hacer daño pero cuando muere pierde la cabeza y tiene cinco segundos para seguir jugando y resucitar con dos puntos menos de vida máxima; es potencialmente inmortal. Esa es parte de la magia de Nuclear Throne: todos sus personajes pueden ser casi invencibles si uno averigua cómo sacar provecho a sus habilidades particulares, si se preocupa en tratar de buscar variantes tácticas, si explora el escenario con inteligencia. Su exigencia es draconiana, su dificultad es altísima pero nunca injusta, y su capacidad de refrescarse a sí mismo a base de desbloquear personajes y mutaciones refleja la praxis casi obsesiva de unos desarrolladores que se han dedicado a pulir cada elemento de su proyecto hasta convertirlo en un esqueleto limpio, blanco, como si lo hubiesen hervido en la lenta cocción del trabajo meticuloso y febril.

Cada rasgo de Nuclear Throne tiene aspecto de ser el fruto de la criba y el descarte continuos, de una lluvia de ideas que en realidad es un diluvio universal porque su mayor fuente creativa ha sido una comunidad muy activa que durante estos dos año de viaje se ha sentido correspondida con actualizaciones semanales. El contenido ha ido fluyendo de forma orgánica, pero los ajustes en la mecánica han sido algo mucho más profundo y solo distinguible cuando uno invierte tiempo en crecer como jugador dentro de su pixelado universo. Ese es otro pilar de carga de sus virtudes: la forma en que el juego se mantiene inflexible como un sensei canoso y nos obliga a ser nosotros quienes progresamos, quienes aprendemos por las malas el arte de matar a sus ratas mutantes y sobrevivir a sus apocalipsis balísticos, y no nuestro personaje. Por eso es exigente y por eso no es apto para cualquiera.

La sensación de estar dominando una máquina, de estar mejorando en nuestra manera de maniobrar entre sus bullet hells y de saber adaptarnos al entorno según la ventaja que hayamos escogido al principio se comunica directamente con la esencia misma de Vlambeer. En una entrevista hace tres años la mitad del estudio —probablemente la mitad más alta y morena: Rami Ismail— dijo algo así como que hacían juegos que «podrían haberse hecho en la década de los ochenta pero a nadie se le ocurrió». Nuclear Throne es, pues, la encarnación más pura y elemental de esta manera de entender el videojuego.

Jugado en: Mac OSx
También en: PC Windows, Linux, Playstation 3, Playstation 4, Playstation Vita
Desarrollado por: Vlambeer
Nota: 9

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