Windows · Xbox One

Análisis: Ori and the Blind Forest

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Parece que en los últimos años el Metroidvania, una palabra que muchos odian pero que define a la perfección una fórmula llena de rasgos muy propios, se ha erigido como la válvula creativa de escape a todos esos proyecto que buscan potenciar su parte artística en una experiencia lateral. Ya casi no hay plataformas puros: el legado se divide entre Metroidvanias, arcades furiosos (como Super Meat Boy y OlliOlli) o mezclas con el ADN esencial del género, en fórmulas que apuestan por el puzzle (como Braid) o la ambientación (como Limbo). Ori and the Blind Forest es encarna a la siguiente generación, un juego fruto del mestizaje de estilo que tiene algo en común con todos ellos y que, sobre todas las cosas, parece muy consciente de su aspecto visual, muy preclaro con respecto a su potencial artístico y sobre todo muy dispuesto a maravillarnos a través de la mirada. Quizá el bosque sea ciego, pero luce como si llevara siglos sin despegarse del tocador.

La mezcla de estilos y mecánicas que Ori esconde en su tripas hace que su diseño sea tan retro como sus gráficos: absolutamente nada. Es un juego eminentemente moderno, por mucho que no se acoja a estándares comerciales de triple A, y como tal tiene el impulso de hablarnos sin decir una palabra, de demostrar que un universo rico y profuso en detalles no necesita excesos de diálogos ni voces en off porque su magnetismo visual y sonoro es tan poderoso que se hace difícil apartar la mirada. El mejor ejemplo de esto es la introducción, de diez minutos sin posibilidad de interactuar que nos deja absolutamente aturdidos con un despliegue de color, de animaciones vívidas en multitud de capas del escenario y un espíritu plácido y contemplativo absolutamente delicioso.

En la cuestión jugable, incluso la curva de dificultad parece algo más orgánico que técnico, y como tal esconde esos latigazos inesperados de crueldad violenta que sólo la naturaleza es capaz de garantizar. Cuando la familia de ositos parece feliz con su mamá, uno se despeña por un barranco y los buitres se comen su cadáver. En Ori la cosa es algo menos traumática, pero también escuece: la placidez de la que hablaba antes abarca la mayoría de la experiencia, pero súbitamente el juego muestra tics de maldad con picos en la curva de dificultad que frustrarán a más de un jugador. Al final de algunas mazmorras nos esperan trampas cronometradas de las que uno sólo puede salir memorizando y afilando los sentidos, y esa es una disonancia que nos saca del placentero trance que es Ori and the Blind Forest de una bofetada y nos recuerda que esto es un videojuego y que exige algo de nosotros. Incluso en esa especie de incongruencia deliberada, entre lo bello y sereno y lo urgente y brutal, Ori sobresale como una joya única en contrastes y brillos.

Jugado en: Windows
Disponible en: Windows y Xbox One
Desarrollado por: Moon Studios
Nota: 9

9