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Análisis: Subnautica

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La expresión «deep blue sea» (profundo mar azul) se utiliza a menudo en la cultura anglosajona y forma parte de una frase con más de cuatrocientos años de antigüedad: «between the Devil and the deep blue sea», cuyo significado equivaldría en castellano a algo así como «entre el fuego y las brasas». Es una locución hermosa pero con un tono algo espectral que se ha desglosado de su origen y se ha utilizado mucho por sí sola, y que de hecho ha sobrevivido hasta nuestros días a base de figurar en títulos de obras de teatro, libros y películas por una sola razón muy interesante: resume en tres palabras la fascinación contradictoria (entre la belleza y el horror) que el ser humano ha desarrollado con respecto a las profundidades del océano. El mar es algo a lo que más se teme cuanto más se ama: pescadores, biólogos, espeleólogos marinos y buceadores apasionados suelen subrayar en libros, entrevistas y documentales el tremendo respeto que les inspira el medio acuático, un lugar misterioso que despierta la curiosidad y estimula las pesadillas y que algunos incluso identifican como una única criatura, una presencia gigantesca que lo cubre todo.

Uno, que comparte totalmente esa fascinación temerosa (de pequeño que me obsesioné con una enciclopedia ilustrada de fauna marina que cayó en mis manos, y poco después volví a obsesionarme con la película Tiburón, una fijación que aún conservo), no puede evitar sentirse decepcionado ante el escaso protagonismo del océano en esta época de videojuegos en los que el entorno a menudo es más protagonista que los personajes. Subnautica, tras cerca de cuatro año de desarrollo contando con el feedback de la comunidad en el programa Early Access de Steam, ha llegado para poner por fin remedio a esta carencia, para satisfacer los anhelos de exploración submarina que muchos jugadores sentíamos. Subnautica es, volviendo al arranque de este texto, la gran esperanza profunda y azul.

Análisis: Subnautica

El juego de Unknown Worlds Entertainment se enmarca en el género de los juegos de supervivencia, esos en los que el jugador se ve arrojado a un ambiente desconocido y hostil que, de manera progresiva, debe dominar con tal de salvar su propia vida. Y esta ves ese entorno es un planeta cubierto de agua casi totalmente, con su propia fauna, su flora, su particular ciclo día/noche y sus biomas plagados de recursos útiles para el superviviente protagonista. Equipado con tecnología futurista que le permite fabricar ciertos objetos y dispositivos solamente contando con el plano (algo así como la receta) y los elementos que lo integran (por seguir con la comparación: los ingredientes), una suerte de termomix de las impresoras 3D, el protagonista debe explorar el fondo marino manteniendo a raya su hambre y su sed mientras descubre nuevos planos entre los restos de fuselaje de la nave con la que él mismo cayó al planeta 4546B y recolecta los materiales que puedan servirle para acomodar mejor su estancia.

Quizá lo más interesante de Subnautica es la manera en que nos propone una forma algo curiosa de colonialismo ecologista: aquí no se trata de eliminar las amenazas (con las criaturas más peligrosas el juego aboga claramente por evitar la confrontación) sino de conocerlas bien y saber cómo esquivarlas. Cada animal tiene sus cualidad y sus patrones de comportamiento en un equilibrio magistral: algunos pueden ser muy agresivos pero al mismo tiempo se premia el acercamiento cauteloso porque desprenden algún tipo de mineral muy valioso, por ejemplo. Esa suerte de arenga divulgativa, ese estímulo para aprender afecta también al planeta mismo: se trata de un enorme mapa estático (nada de procedimentalismos tan habituales en el género) en el que las riquezas están repartidas por el mundo de manera muy calculada. Hay un diseño de la distribución pensado para que uno acabe aprendiendo dónde encontrar ciertos elementos útiles y qué tipo de riesgos asume al explorar ese área o para que su progreso tecnológico le ofrezca nuevos horizontes, como por ejemplo bajar a más profundidad sin asfixiarse o sin que la presión destruya su submarino. Es un juego que invita a que uno lo juegue con lápiz y papel a mano, a dibujar un mapa aproximado y señalizar lo que uno puede toparse en cada sector, soltar balizas y ponerles nombre cuando uno da con un yacimiento importante y a procurar estar en la base cuando se hace de noche y los gruñidos y rugidos de cosas enormes suenan más cerca que nunca.

Análisis: Subnautica

La capacidad de Subnautica para sumergir al jugador va más allá de lo puramente acuático: con reglas sencillas y un mundo repleto de cosas por descubrir se sirve de esa especie de optimismo voluntarista que tan bien funciona en el género de supervivencia. Alimenta, potencia y exprime al máximo las sensaciones positivas tras alcanzar nuevos niveles de comodidad: las aletas para los pies, la bombona de oxígeno doble, el submarino monoplaza, la base con sus pasillos y sus observatorios, la piscina lunar donde cargar nuestros vehículos eléctricos, la desalinizadora y hasta el huertecito submarino donde cosechar el último vegetal comestible que hemos encontrado rastreando entre los arrecifes. Esa carrera tecnológica contra uno mismo es larga, divertida y sobre todo gratificante cuando alcanza la última y sorprendente capa de fabricación, cuando logra los últimos planos y cumple un último objetivo espectacular que es mejor mantener en secreto en este texto. Porque Subnautica, como el profundo mar azul, esconde horrores y placeres que cuando uno conoce bien a fondo (¡ja!) es difícil no amar.

Jugado en: Mac
Desarrollado por: Unknown Worlds
Nota: 9

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