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Análisis: Wonder Boy, the Dragon's Trap

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Conocer el pasado es una cuestión vital para la especie humana. El ayer aporta un bagaje imprescindible en múltiples facetas de la vida al tiempo que sirve como aviso preventor para no cometer los errores de tiempos pretéritos. Enriquece en tanto que permite conocer culturas propias y ajenas. Es, en definitiva, una herramienta idónea para el aprendizaje. Si la historia se repite, conviene conocerla. Empero, el problema con el ayer no radica en usarlo como motivación, sino como limitación. Aferrarse a la comodidad de la nostalgia y la tradición dificulta el proceso. Por eso, en un medio que ha mutado tan rápido como el videojuego, el pasado constituye un arma de doble filo. Y quizá el mejor representante de mi razonamiento sea el remake de Wonder Boy: The Dragon’s Trap.

La premisa en el título de 2017 es la misma que en el de 1989. Esta entrega empieza por el final de todo videojuego de aventuras, pues a los pocos minutos ya estamos combatiendo contra un mecha dragón que hace las veces de jefe final. Tras derrotarlo, este nos maldice y nos transforma en un hombre reptil. Dicha penitencia hará que veamos al protagonista convertido en ratón, león o pez, cada transformación con una serie de particularidades que cambiarán nuestra forma de afrontar los distintos niveles. El remake emula al original en su valor como reto y en un diseño de niveles que fomenta la exploración —un auténtico prodigio en su tiempo—.

Análisis: Wonder Boy: Dragon's Trap

Lizardcube rinde pleitesía a la obra original de Master System, que se coronó reina de los ocho bits de SEGA en 1989. Ahora, la tercera entrega de Wonder Boy regresa como una lección de cariño por el trabajo original. En ese sentido, este remake tiene un valor casi arqueológico, pues es una forma excelsa de recordar el pasado videolúdico. Con tal fin, Lizardcube sigue las lógicas de la nostalgia modernizada que ya expliqué en mi texto sobre A Hole New World. Es decir, el estudio francés apela a un pasado mejor sin las limitaciones del ayer, aunque sin un disfraz pixelado como el del título de Mad Gear Games y tantos otros.

Y, desde luego, lo borda. Este remake luce impepinablemente mejor que su predecesor. De hecho, Wonder Boy: The Dragon’s Trap es uno de los remakes más mimados que recuerdo haber jugado. Eminentemente dibujado a mano, las animaciones y escenarios son uno de los principales atractivos de este título, más allá del obvio factor nostálgico. Lo mismo ocurre con la banda sonora, que toma y mejora las melodías de Shinichi Sakamoto para ofrecer piezas orquestradas maravillosas.

El contraste técnico se aprecia más y mejor gracias a un botón que permite alternar entre los gráficos de 1989 y los de 2017, opción también disponible con el sonido. Esta posibilidad explicita lo importante que es conocer el pasado para comprender y valorar el presente como es debido. Westone desarrolló un título especial en 1989, pero es gracias a los franceses de Lizardcube por lo que Wonder Boy se erige en clásico instantáneo. Para mí, esa es la función de un buen remake, rescatar obras del pasado para que las generaciones actuales las disfruten.

Pero la nostalgia, como advertí líneas ha, también es una limitación peligrosa. Lizardube ha sido tan respetuoso con la obra original que no ha modificado nada más allá de lo artístico. Y hoy, acostumbrado a diseños perfectamente funcionales y complejos, enfrentarse a los niveles de Wonder Boy, tan de los años 90, es extraño. Es un juego obtuso en ocasiones, cuyas lógicas añejas obligan a farmear monedas hasta el hastío para obtener mejores armas o a dar más vueltas de la cuenta. Tampoco me gusta la sensación de que el personaje patina sobre el escenario, pues el control se resiente. Y por supuesto, me aflige que el protagonista quede paralizado cuando contacta con un enemigo y que, mientras este último siga tocándole, no pueda moverse de ninguna forma. Limitaciones, todas ellas, perfectamente corregibles y que no dañarían en absoluto al valor como homenaje de este remake. Lo que en los 90 era una aventura innovadora, en 2017 se antoja anticuada.

Quizá sea por su pasión por el original, pero Lizardcube no ha querido corregir defectos más propios de una época con televisiones de tubo. La base es sólida, con transformaciones bien implementadas que obligan a adaptarse y a repensar el mapa continuamente. Y si ya era atractivo explorar sus niveles hace 28 años, más lo es ahora con semejante presentación visual. En 1989 era una maravilla y aún hoy es considerado como uno de los mejores plataformas de su generación, pero actualmente se siente algo ortopédico.

Por más que lo admiremos, el pasado no puede constreñirnos. Lizardcube plantea un remake soberbio en lo técnico, pero peca de conservador en lo jugable. Valoro el cariño del estudio francés por Wonder Boy, pero la nostalgia limita sus esfuerzos. Por suerte, The Dragon’s Trap ya es un juego intenso y complejo per se, por lo que estos fallos duelen un poco menos y merece ser jugado sin importar la fecha. Esta versión desprende amor por su referencia, puro trabajo artesanal mimado con esmero. Pese a cierto conservadurismo, la labor de Lizardcube es digna de elogio. Y más en un tiempo repleto de emulaciones —algunos las llaman remakes y remasterizaciones— carentes de valor añadido.

Jugado en: PC Windows
Desarrollador: Lizardcube
Nota: 7

7