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Forager: un imperio de curiosidad sin límites

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Hay algo fascinante en los llamados idle games. Son juegos de cambios constantes, obras en las que prima la observación y la paciencia para engrasar una máquina perfecta. Sus bases no se cimentan tanto sobre la interacción como sobre la contemplación y el placer de ver cómo crece nuestro particular imperio. Pienso en títulos como Stardew Valley, cuya vertiente granjera bebe a morro de los idle games. Empezamos sin nada más que una parcela heredada y deficitaria, si bien la motivación no es lo que tenemos en el inicio, sino lo que podemos construir en un futuro. Al principio, hay que sembrar el campo y los beneficios son escasos, pero no tardan en crecer de forma exponencial conforme mejoramos nuestras herramientas y variedad de semillas. Llega un punto en el que el proceso se automatiza y nuestro papel se limita a poco más que disfrutar de ello y contemplar cómo aumentan los ingresos. Aunque nuestra interacción con el huerto ya no sea tan intensiva, da gusto ver en qué se ha convertido. Esa lógica característica de los juegos de gestión es la que define a los idle games. Obras en las que el placer radica en que, llegado el momento, nuestro imperio se gestione solo. Obras como Forager.

La obra de HopFrog es un ejemplo superlativo de idle game. O, al menos, de sus mecánicas. Nuestra aventura comienza en una isla prácticamente desierta, pero de secretos y sorpresas potencialmente ilimitados. Desentrañarlos pasa por empezar picando piedra y talando árboles con los que conseguir materiales y edificar construcciones de todo tipo. Algunas de ellas contribuyen a abastecer y mejorar nuestro inventario todavía más, por lo que se inicia un círculo virtuoso de progreso lento, pero constante.

El avance se explicita, como es costumbre en el medio ludoficcional, mediante un sistema de experiencia que nutrimos cultivando, construyendo y modelando la isla a la que hemos llegado. Cada nivel brinda acceso a una de las múltiples habilidades que componen el árbol de dones de Forager e influyen en nuestra forma de jugar y relacionarnos con el mundo. Paulatinamente, este indie desvela su densidad y versatilidad. Tú decides si quieres una experiencia centrada en las finanzas, el cultivo o la exploración. La primera es la más similar a los idle games, mientras que la última convierte a Forager en un título de mazmorreo y exploración inspirado en los primeros The Legend of Zelda.

Enriquecerse no solo expande la lista de actividades, sino también nuestros dominios. Pronto podremos adquirir nuevas tierras que llenar de edificios, animales y sorpresas que no hallamos hasta que compramos el terreno. Unas ocultarán tesoros y seres entrañables, otras acogerán peligros y engendros temibles. La gracia está, precisamente, en que eres tú quien debe descubrirlo. El imperio que construimos en Forager no solo se asienta sobre una economía boyante, unas tierras fértiles o unos espadazos frenéticos, sino también y fundamentalmente sobre nuestra curiosidad. En ese sentimiento tan puro, inocente y mágico se basa toda la obra de HopFrog y con él recibe tanto a quien quiera relajarse contemplando como a quien anhele la emoción de la batalla. Pocos juegos imitan con tantísima precisión aquellas tardes infantiles jugando a ser exploradores.

Forager está disponible para ordenadores en Steam, GOG y Humble Store por 19,99 euros. También llegará a la eShop de Nintendo Switch a lo largo de 2019.