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The Glass Staircase: una oda al survival horror clásico

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Los años entre la clausura de los 90 y el arranque del nuevo milenio fueron los mejores para los videojuegos de terror. Una época en la que Capcom patentó el survival horror con Resident Evil, cuya segunda entrega tanto se celebra tras su reciente remake. Un tiempo en el que el nombre de Konami todavía generaba respeto y confianza, en parte gracias al terror psicológico de los primeros Silent Hill. Ninguna de sus primeras entregas necesitó recurrir a jumpscares, sustos de medio pelo, para atemorizar a los jugadores. Me atrevo a decir que incluso las consolas temblaban cuando percibían discos como el de Silent Hill 2 invadiendo sus entrañas. Y no es para menos. Eran obras plagadas de cambios en los ángulos de la cámara, a veces tan bruscos como un microinfarto. Pese a que se trataba de un recurso para disimular las limitaciones técnicas del hardware de antaño, la incertidumbre causada por las animaciones de sus puertas abriéndose todavía me causan pavor. Fijaos; ni siquiera he mencionado todavía a los monstruos que poblaban barrios y hogares enteros. Auténticas abominaciones como Pyramid Head, cuya escena violando a otros dos engendros perturbó tantísimas de mis noches. O el primer zombi que hallamos en el Resident Evil original, un muerto pútrido que clava su mirada cadavérica en el jugador con los labios todavía manchados de sangre.

Aquella forma de entender el terror, empero, fue efímera. Las pulsaciones se calmaron y se viró hacia la acción, en especial a raíz de la influencia de Resident Evil 4 y la caída libre de Konami en lo creativo. No obstante, en los últimos años vivimos un nuevo auge del survival horror bien entendido, el que nos convierte en seres frágiles, al borde de la taquicardia y con balas y curas escasísimas. Pienso en indies modestos como Conan Room o Incubo, cada uno a su manera. También en superproducciones como los remakes de los clásicos ya citados o los primeros tramos de la séptima entrega de Resident Evil. Algo está cambiando en un género, el del survival horror, que busca regresar a sus raíces. Unos inicios que The Glass Staircase mima, respeta e imita como nadie.

La obra de Puppet Combo recupera y reivindica todo lo que caracterizó al survival horror en sus inicios. Desde los ya mencionados cambios de ángulo de cámara y gestión concienzuda de los recursos hasta los gráficos poligonales toscos y difusos tan propios del género hace un par de décadas. En The Glass Staircase exploramos una tenebrosa mansión inglesa que se cae a pedazos. Un grupo de mujeres reside atrapado en esta casa de los horrores, todas ellas sirvientas de una suerte de “maestro” (secta mode: on) que las esclaviza y retiene. De ellas se espera que cuiden al amo, pero también que ignoren los monstruos y abominaciones varias que pueblan cada habitación de tan tétrico hogar. Aunque estas quieran devorarlas. Ahí entramos nosotros, ayudándolas a resolver puzles, desvelar los misterios de la mansión y plantar cara a tanto engendro hambriento.

No lo revisita ni lo actualiza a los estándares actuales, sino que viaja directamente al pasado. The Glass Staircase bien podría camuflarse entre el soberbio catálogo de survival horror de las consolas de principios de los 2000, sobre todo los de PSX y PS2, tanto en lo mecánico como en lo audiovisual. Y eso, aunque se limite a reproducir lógicas añejas, es lo que lo hace especial. Este indie tiene regusto a homenaje sincero a aquellos videojuegos que no necesitaban de gráficos hiperrealistas para acongojar al más valeroso. The Glass Staircase es una tesis que ahonda con muchísimo tino en por qué triunfaban aquellos títulos y su manera de entender el miedo. Hace no tanto, lo prioritario era crear una atmósfera sobrecogedora, unos entornos aterradores y unos pasillos imposiblemente estrechos. Si añoras todo eso, The Glass Staircase es una oda al survival horror clásico disponible en itch.io desde 5,95 euros.